Las mejores experiencias de mi viaje a Israel y Palestina
Nuestra primera expedición a las afueras se centró en el campamento Aldea Khan Al Ahmar. En mi opinión fue la más especial. Quizá porque todo aquello nos resultaba desconocido, casi tanto como nosotros lo éramos a los ojos de aquellas personas. Nuestra entrada coincidió aquel día con la llegada diaria de tropas de las Naciones Unidas, que repartieron sacos de alimentos, debido a que ese mismo mes el Ejercito israelí había intentado entrar al campamento y evacuar la zona. Lamentablemente, era muy probable que se volviera a repetir.Bajábamos montados en minibuses, en 4x4 y coches de grandes dimensiones. No éramos cualquiera, éramos los de las narices rojas, las caras pintadas y la ropa colorida. Los señores de la eterna sonrisa. O al menos así nos conocía el pueblo palestino.Tras varios días allí nos marchamos a la zona de Tiberíades, una parte del país muy diferente a lo que habíamos visto hasta el momento, muy próxima a Jordania. Aquí visitamos colegios de niños sordomudos, orfanatos, centros de ancianos y casas de acogida. Lo primero que nos llamó la atención fue la calidad de las instalaciones. Lo segundo, la cultura de los ancianos que allí vivían. La gran mayoría de ellos hablaban hasta tres y cuatro idiomas y cargaban a las espaldas una historia tan trágica como interesante, la de unos sueños destrozados por la guerra. Una guerra que se transmitía como una maldición de generación en generación y parecía no tener fin.En cuanto a los niños… ¿qué puedes esperar de un niño? Lo mismo aquí que en España o en Japón: curiosidad, inocencia y unas ganas devastadoras de salir a jugar a la calle.
Uno de los días, una voluntaria se llevó un ukelele, fijamos un ritmo a seguir y dejamos que las personas que llenaban la sala hicieran el resto. ¡Desde Mozart hasta la Macarena! Para los más mayores cantar significaba recuperar la libertad que durante años les había sido negada.La estructura de las construcciones, tanto de los colegios como de los centros de ancianos, eran similares a las de los años 50 en España. Hacía poco que habían dejado de estar sobre la arena del desierto o en zonas embarradas.Situarnos por un tiempo en esta parte del mapa nos dio la libertad de visitar el Mar Muerto, el Lago Tiberíades y Nazaret. Eso sí, a pesar de estar más tranquilos, desde la carretera podíamos ver aún los carteles del gobierno amenazando de muerte a los israelíes o los del lago Tiberíades avisando de la proximidad de minas antipersona.Si tuviera que destacar un lugar sería Tent Of Nations. Un campo de cultivo que era a su vez granja de animales y situado a las afueras de Belén que en su día fue tomado por el ejército israelí. Los israelíes solían apropiarse de estos terrenos a la fuerza, por lo que una familia palestina tuvo la brillante idea de convertir su casa en una casa de acogida para extranjeros. De esta manera cada vez que el ejército israelí llegaba a sus puertas con la intención de expropiarles, ellos tenían la excusa de tener a gente extranjera viviendo dentro, colaborando y grabando.La energía que este campo desprendía era única. Estaba plagado de murales escritos en todos los idiomas del mundo y lleno de color. El día que fuimos allí nos invitaron a comer a todos y a escuchar al señor más anciano de la casa hablar árabe y francés. A mí me tocó traducir la última parte. No miento si digo que ¡jamás seré capaz de olvidar aquellas palabras!Volvimos a Belén un par de días. Recorrimos el muro a distintas horas y vimos cosas tan terribles como a los vigilantes de las torres tirando la basura despreocupadamente a cementerios de la parte Palestina. Gracias a Dios, en la vida todo tiene dos caras y en este viaje a Palestina pudimos ver también la cara alegre de aquel lugar inhóspito: la de los niños jugando al fútbol en la calle con un reivindicativo arte urbano de fondo.Terminamos esta experiencia cruzando la frontera hasta llegar a Israel, donde pasamos los últimos días visitando escuelas y hospitales. Esta etapa del viaje nos sirvió de mucho para ver ambas caras de la moneda. Israel, a diferencia de Palestina, recibía mucho turismo, no podías evitar pensar que te encontrabas en país mucho más desarrollado que el anterior. Sorprendía también la mezcla cultural, las diferentes religiones, culturas, colores y caracteres, conviviendo en una misma acera, en aparente sintonía. Hablando desde la posición de un niño de pueblo español nunca me hubiera podido imaginar el número de congregaciones, ramas, y creencias que las religiones pueden llegar a tener hasta que paseé por las ajetreadas calles de Jerusalén.Desde la Vía Dolorosa, con sus puestos de souvenirs, tés y reliquias, hasta el Barrio Musulmán, el Santo Sepulcro guardado por adolescentes del ejercito Israelí -cargados con fusiles de asalto M16- la Cúpula de la Roca o el Muro de las Lamentaciones. Jerusalén es una ciudad de contrastes radicales que hace falta visitar una vez en la vida para descubrir que el mundo no es blanco o negro, sino que contiene una paleta de colores tan amplia y variada como las personas que lo habitan.El último día de mi viaje por Israel y Palestina un representante del gobierno de Italia entregó un paquete al responsable de la expedición. Para sorpresa de todos, la expedición recibió la medalla de Oro al mérito del presidente de la república italiana. Fue en ese preciso instante cuando supimos que nuestros nombres serían conocidos por la humanidad como aquellos payasos que, sin apoyo ni donaciones, consiguieron hacer reír a una parte del mundo que había perdido la sonrisa hace tiempo.