Un cuartel en medio de la selva peruana
Al día siguiente, madrugón mediante, me presenté otra vez en el muelle al amanecer, donde me encontré una lancha a rebosar de personas, cada una de ellas con sus respectivos sacos de víveres, machetes y macutos. Me dijeron que la lancha salía en breves y que, efectivamente solo iba hasta la frontera con Perú, en medio de la nada. “Ya que estamos…” fue mi pensamiento y adentro que fui.Diez horas tardamos en cubrir los casi 200 kilómetros hasta Nuevo Rocafuerte, la última ciudad ecuatoriana a orillas del Napo. Diez horas en las que la lancha iba haciendo diferentes paradas en las que mis compañeros de viaje se iban bajando en pequeños poblados en medio de la selva. Algunos ni se veían, solo se intuían detrás de la maleza.
En Nuevo Rocafuerte conocí a otros extranjeros que querían hacer lo mismo que yo y seguir el trayecto de camino al Amazonas. Una pareja, “old hippy style”, ella portuguesa él israelí, llevaban esperando allí 3 días por un nuevo medio de transporte. Junto a otra pareja estadounidense decidimos unirnos, cruzar la frontera con Perú y ver si allí se nos presentaba la oportunidad de continuar río abajo.Al día siguiente, un cuartel del ejército peruano nos anunció que estábamos cambiando de país, mientras un paisano, gorra raída en la cabeza y pitillo en la comisura de los labios, conducía una pequeña canoa con motor en la parte trasera y con nosotros dentro.
Llegamos a Cabo Pantoja, primer pueblo peruano de este inusual trayecto y, tras indagar un poco sobre las posibilidades de seguir nuestro viaje y ver que eran complicadas, decidimos volver al cuartel del ejército y preguntar allí. Al ser un servidor el único hispano hablante de este grupo extraño que formamos, de repente me encontré en la situación de estar negociando mano a mano con un comandante del ejército peruano el precio de una barca que al día siguiente nos llevase mas cerca de nuestro destino. Y… un servidor nunca fue un gran negociador, por lo que el precio de la lancha no disminuyó ni un misero sol, pero al menos conseguí que el comandante Ceballos, que así se llamaba, nos dejase dormir en las instalaciones y nos diese de cenar. Así, esa noche dormimos en unas hamacas colgadas de los mástiles de una cabaña sin paredes, al fresco, techada con ramas secas, con vistas al río y a la selva y acompañados de los gritos nocturnos contra del país vecino por parte de los soldados de guardia.A la mañana siguiente, aún sin salir el sol, un cabo y un soldado nos acompañaron a la nueva lancha que conducirían hasta Santa Clotilde, una comunidad nativa peruana ya cerca de mi ansiado río Amazonas. Fueron unas doce horas de viaje, horas de paisajes simples e increíblemente bellos. El blanco de las nubes, el azul celeste del cielo, el verde variado de la inmensidad de la selva partida por el marrón pardo del río Napo por el que navegábamos. Colores que con el paso de los días y dependiendo de la hora cambiaban completamente para dar paso al naranja brillante sobre negro de la puesta de sol y los morados fantasmagóricos justo antes del amanecer.En Santa Clotilde, allí en el medio de la Amazonía, recuerdo haberme tomado una de las cervezas que más ricas me han sabido en la vida. Una Iquiteña, bien fresquita, en una casa local con vistas al río donde los chavales lugareños jugaban en pequeñas canoas de madera.