

Cada vez que preparo un viaje a Islandia, hay algo que siempre recomiendo: saborear su cultura también a través de sus platos. Más allá de glaciares, géiseres y auroras boreales, la comida típica de Islandia ayuda a mirar el país desde otro lugar.
En mis rutas por la isla, la mesa siempre acaba regalando alguna historia: una sopa caliente en una cafetería de pueblo, pescado seco durante una excursión o un plato de cordero después de horas de carretera. Algunas recetas piden mente abierta, y casi todas hablan de inviernos largos, conservación y respeto por lo que ofrece la tierra.
Lo que más me gusta de la gastronomía islandesa es su honestidad. Cada plato nace de una necesidad concreta: conservar, calentar, aprovechar y compartir. ¿Te apetece descubrir Islandia también desde la mesa?

La gastronomía islandesa me encanta porque aprovecha ingredientes locales y de temporada. El cordero criado en libertad, los pescados de aguas frías y los lácteos son la base de muchas recetas tradicionales. En un país marcado por el frío, el viento y el terreno volcánico, la cocina siempre ha estado unida a lo que daban la tierra y el mar.
También me fascinan sus técnicas tradicionales: ahumado, fermentado y secado. Durante siglos ayudaron a conservar alimentos, y hoy siguen presentes en la cocina local. Al combinarse con influencias actuales, dan lugar a platos claros, auténticos y llenos de carácter.
Mi consejo como viajera es claro: no descartes los platos que parezcan simples. En Islandia, muchas recetas guardan sabores profundos y preparaciones cuidadas. Me pasa en cafeterías de pueblo, donde la súpa dagsins, la sopa del día con pan y mantequilla, termina entre mis comidas favoritas por lo contundente, económica y local que resulta.
Durante cada ruta aprendo a fijarme en los islandeses. Un local lleno de gente de allí suele ser una buena señal. En Reikiavik, siempre encuentro bocados conocidos del país en espacios sin artificio, con ambiente local y mucho sabor.

Los platos típicos de Islandia reflejan el paisaje: mar frío, montañas, pastos abiertos y una historia marcada por la conservación de los alimentos. Algunos entran fácil desde el primer bocado; otros, como el hákarl, se convierten en anécdota de viaje.
El hákarl es carne de tiburón fermentada durante meses. Lo pruebo, lo huelo antes y, entre risas conmigo misma, siempre pienso: “no puedo con esto”. Su aroma intenso y su sabor fuerte despiertan curiosidad, respeto y muchas conversaciones.
Este plato pide valentía. Si te da curiosidad, pruébalo en una porción pequeña y acompáñalo con un trago de brennivín, el licor local. Así la experiencia resulta más llevadera y gana contexto.
Una de las primeras delicias que siempre recomiendo es el skyr. Parece yogur, aunque técnicamente es un queso suave, y tiene una textura cremosa con un punto ácido muy agradable. Para mí encaja en cualquier momento del día.
Lo encontrarás fácilmente durante el viaje y suele gustar a casi todo el mundo. Lleva siglos en la tradición islandesa, y después de probar platos más contundentes, su frescura sienta de maravilla.
La humarsúpa, o sopa de langosta, viene del sur de la isla. Es cremosa, caliente y reconfortante, justo lo que apetece después de una jornada de carretera, viento o excursiones al aire libre.
La langosta islandesa tiene una carne tierna y un sabor delicado. Cada vez que la pruebo, entiendo por qué muchos viajeros la recuerdan entre los grandes platos del país. Su apariencia es sencilla y el sabor se queda contigo.
El plokkfiskur es un guiso espeso de pescado blanco desmenuzado con patata, mantequilla y cebolla. Sabe a hogar islandés, a receta preparada con cariño y pensada para alimentar bien después de una jornada larga.
Mi recomendación es buscarlo en restaurantes familiares o gamli bæir, antiguas casas donde todavía se cocina con ese aire tradicional. Allí suele tener más encanto, porque conserva la memoria doméstica del país.
El cordero islandés está considerado uno de los mejores del mundo. Las ovejas pastan libres entre montañas, musgo y hierbas salvajes, y eso aparece en el sabor de la carne, tanto asada como estofada o ahumada.
Si eres amante de la carne, te recomiendo probar el hangikjöt, el cordero ahumado. Tiene un sabor único y muy islandés. A mí me conecta directamente con el paisaje que ves por la ventanilla mientras recorres la isla.
La kjötsúpa es una sopa de cordero con verduras, perfecta para combatir el frío islandés. Es básica, contundente y deliciosa, justo lo que apetece cuando el clima cambia varias veces en un mismo día.
Me gusta especialmente porque su sabor puede variar ligeramente según la cosecha del año. Probarla en invierno tiene mucho sentido, ya que reconforta después de horas de carretera.

También hay bocados rápidos que siempre disfruto en Islandia. Son opciones locales, prácticas y perfectas para rutas largas, paradas improvisadas o paseos por la ciudad.
Pylsur, el perrito caliente islandés. Está buenísimo, sobre todo “con todo”. Yo siempre pienso en Bæjarins Beztu Pylsur cuando quiero probarlo: suele haber cola, y ese ambiente local suma mucho.
Harðfiskur, pescado seco. Es un snack muy práctico para llevar en excursiones. A veces lo como con mantequilla y otras tal cual, especialmente cuando el día pide algo rápido.
Kleinur, el lazo dulce frito. Me encanta con un café islandés. Si lo encuentro recién hecho en una panadería, todavía mejor.
En rutas como la del Círculo Dorado, entre cascadas, paisajes volcánicos y zonas como Geysir, estos pequeños bocados ayudan a disfrutar del viaje sin depender siempre de comidas largas.
Islandia guarda pequeños tesoros dulces que acompañan la vida cotidiana. Son preparaciones sencillas que funcionan muy bien con café o como pausa durante el viaje.
Kleinur. Son rosquillas fritas, ligeramente especiadas, perfectas con ese café que seguro acabarás tomando más de una vez al día.
Laufabrauð. Es un pan fino y decorado, típico de Navidad. Tiene un punto crujiente delicioso.
Ís, el helado islandés. Puede sorprender, y Islandia es un país fanático del helado. Se come incluso en invierno, y la calidad de la leche local le da una textura muy cremosa.
Entre mis recomendaciones está Skubb, en Reikiavik. Me gusta porque sirve helado soft con muchos toppings y suele estar lleno de islandeses, algo que siempre me da confianza. También guardo muy buen recuerdo de Erpsstaðir Creamery, cerca de Borgarnes, una granja familiar donde puedes ver cómo producen la leche y probar helados artesanales.

Las bebidas también cuentan mucho durante una ruta por Islandia. El brennivín es el licor tradicional y para mí encaja muy bien con platos contundentes, sobre todo cuando pruebas sabores fuertes como el hákarl.
La cerveza islandesa también merece atención. Me gusta porque muchas están elaboradas con agua pura de glaciar, y cada vez hay más microcervecerías repartidas por distintas regiones. Mi consejo es probar alguna cerveza artesanal local durante el viaje, porque casi siempre aparece una referencia nueva que merece la pena.
Y luego está el café, que en Islandia es casi una institución. Yo termino tomándolo a todas horas, en cafeterías de pueblo, estaciones de servicio o paradas de carretera. Con frío, viento o lluvia, siempre apetece una taza caliente.
Hay lugares que recuerdo tanto por lo que como como por el momento del viaje en el que aparecen. En Islandia, una buena comida después de conducir durante horas puede quedarse grabada en la ruta.
Friðheimar, en Reykholt, me parece curioso, fotogénico y único. Es un restaurante dentro de un invernadero de tomates calentado con energía geotérmica, perfecto para incluir durante la ruta del Círculo Dorado.
Pakkhús Restaurant, en Höfn, es ideal para comer langostinos locales. Probablemente aquí pruebes algunos de los mejores del viaje, y me parece una parada fantástica después de varias horas de carretera.
Sjávarpakkhúsið, en Snæfellsnes, tiene vistas al puerto y un ambiente marítimo muy agradable. Me parece ideal al atardecer, con platos de pescado y marisco sobre la mesa.
Para mí, la comida típica de Islandia habla de una tierra que da lo justo y donde cada ingrediente se respeta. Cada plato parece decirte: “esto es lo que tenemos, y lo hacemos con amor”.
Si estás pensando en viajar a Islandia, en PANGEA podemos ayudarte a diseñar una ruta a medida para que descubras el país también a través de sus sabores. Porque a veces, el recuerdo más inesperado de un viaje empieza con una sopa caliente, un café compartido o un plato que nunca pensaste probar.

Te hacemos un presupuesto gratuito y sin compromiso. El compromiso es cosa nuestra, pero eso ya lo descubrirás.
Tenemos espacio, ganas y tiempo de sobra para ti.
¿No te puedes pasar? Hagamos una videollamada allí donde estés.

También puedes llamarnos a los teléfonos
Nuestra razón de ser es hacer viajes para todos los bolsillos. Poner al alcance de todo el mundo una experiencia de compra única y personalizada.
Si te lo ofrecemos es porque lo hemos probado y comprobado. Solo diseñamos viajes de máxima calidad y al mejor precio del mercado.
Nuestro único interés es que viajes. Por eso, financiamos tu viaje hasta a 12 meses sin intereses para que descubras el mundo por lo que cuesta un café al día.
Nuestro compromiso va más allá de ofrecer experiencias, se nos dan bien los viajes y las personas y por eso, queremos ayudar a mejorar el mundo en el que vivimos. En PANGEA, creemos en el poder de las acciones individuales para generar un impacto positivo a escala global.
¿Quieres ser parte del cambio?