Hay ocasiones en las que el trayecto merece mucho la pena y esta es una de ellas. Tras dos horas de escala en Doha, salimos en un Airbus 320 (3-3) rumbo a
Katmandú. Estábamos a tan solo cuatro horas y media de nuestro destino y la impaciencia comenzaba a apoderarse de mí.Una vez en
Katmandú nos aclararon el tema de los visados. Los españoles necesitamos visado y tenemos dos formas diferentes de gestionarlo. La primera es
solicitar un visado online desde España. En ese caso necesitas acceder a
www.online.nepalimmigration.gov.np y rellenar un formulario tras el que obtendrás un código que debes entregar a tu llegada a Nepal en la oficina de inmigración, donde pagarás y te tramitarán el visado. La segunda,
si no llevas ni código ni visado, en
Katmandú existen unas máquinas donde obtener este código de manera sencilla. Lo único que debes hacer es introducir los datos de tu pasaporte. De igual modo al anterior, tienes que dirigirte al mostrador de Inmigración para pagar y recibir el que será tu visado. El visado de una entrada con una
validez de quince días tiene un coste de 25$. Si solo dispones de euros en efectivo, podrás pagar con ellos, pero ¡cuidado! ¡El cambio no te saldrá rentable!
Katmandú, la capital de Nepal, es una ciudad esparcida por el centro del
Valle de Katmandú. Cuenta con poco más de 1 millón de habitantes y está situada a 1.300 metros de altura. Es extensa- alrededor de 50 km2- y bastante llana.
Fácil de visitar a pie si no fuera por el caos generalizado de tráfico, gente y obras.A primera vista, se podría pensar que, a excepción de su centro histórico- situado en la
plaza medieval Durbar y sus numerosos templos, pagodas y estupas,
Katmandú no tiene mucho que ofrecer. Sin embargo, tiendes a desechar rápidamente esa idea cuando comienzas a explorar la ciudad. Si no, que me lo digan a mí, que al segundo día de deambular por sus
callejuelas y mercados tradicionales me di cuenta de que la ciudad me había atrapado por completo. Si me preguntaran por qué, no sabría responder con exactitud y creo que es en el punto exacto en que las
palabras se acaban, donde
la magia empieza. Lo que os puedo asegurar es que me fascinó el armonioso ir y venir de gente, aparentemente tan diferente entre sí, y esa pluralidad étnica y religiosa, que no he visto en ningún otro lugar hasta la fecha, que te transporta del
budismo al
hinduismo sin poder establecer una frontera entre ambos.Como buena ciudad de la
Asia profunda, lo más característico es el polvo. Sí, el polvo, ¡estás leyendo bien! Ese polvo que, desaparecido ya de las ciudades desarrolladas de Occidente, sigue siendo en Asia un
denominador común. Ese polvo fino lo cubre todo, desde las calles, los edificios, los templos, los árboles, las carreteras y los mercados hasta sus habitantes. La respuesta es sencilla, en una ciudad en eterno estado de desarrollo, y en
proceso de recuperación de aquel terrible terremoto que asoló buena parte del terreno en 2015, todo está en una etapa de construcción o reconstrucción constante. Esto hace que el asfalto brille por su ausencia y en su lugar encontremos tierra batida que se convierte en barro en la época de lluvias y en una nube de polvo cuando no llueve. A pesar de todo, esto, lejos de convertirse en un impedimento, llena la ciudad de
encanto haciéndola única y llevándote a pensar que la Tierra y la ciudad están conectadas aún por ese
vínculo primario, difícil de concebir en las sociedades más globalizadas.¿Cómo no te va a fascinar una ciudad y una forma de vida tan radicalmente diferente a la nuestra? Las calles de
Katmandú son hileras de casas donde las viviendas se encuentran en las plantas superiores y las plantas bajas se dedican a
comercios tradicionales, abiertos en canal a la calle. Carpinteros, herreros, mecánicos, sastres o zapateros trabajan en sus locales, al mismo borde de las aceras. Pequeñas tiendas de ultramarinos, ferreterías, fruterías, panaderías o mercerías están igualmente abiertas a una vía por la que circulan con el mismo frenesí con el que los tenderos venden sus productos, coches, motos, bicis, peatones y alguna que otra procesión. Porque viajar a Nepal y recorrer las calles de Katmandú es adentrarse en su cultura.Las calles cercanas al casco histórico de la ciudad quedan conformadas por una sucesión de tiendas de artículos variados enclavadas en
casas tradicionales de maderas nobles de un par de siglos de antigüedad. Hay
templos y estupas por todas partes, ¡igual se rinde culto a un
Bodhisattva que a una fascinante
Ganesha con cabeza de elefante! El ambiente desprende misticismo y encanto natural, acrecentado por la simpatía y jovialidad de los nepalíes que te sonríen abiertamente mientras van pasando las cuentas de su
“mala” o
rosario tibetano:
¡Om Mani Padme Hum! uno de los mantras más recitados del budismo.El que ha sido centro comercial y turístico de la ciudad durante más de cuatro décadas es el carismático
barrio de Thamel, aquí se concentran un gran número de pequeños
hoteles, restaurantes, tiendas y bares de todo tipo. Durante el día las tiendas y cafeterías rebosan de actividad, por la noche este ambiente es sustituido por otro mucho más distendido, en el que toda la gente joven del lugar parece salir a la calle a la vez, llenando de vida los bares y restaurantes de
Katmandú, ¡que no son pocos! No en vano, si esta ciudad tiene tanta marcha es porque fue en su día el centro de reunión de los hippies.